Soldado cubano violó y asesinó a vecina de 14 años

Por Idaysi Capote
Soldado cubano violó y asesinó a vecina de 14 años
Ernesto, joven cubano -entre otros miles- fue forzado a cumplir el servicio militar obligatorio de Cuba en Angola.
A su regreso en 1980 de esta guerra en África, violó y asesinó a su vecina Mabel de 14 años.
Una muchacha hermosa, rubia, inocente, en plena adolescencia. Cursaba el noveno grado internada en una escuela para alumnos con residencias rurales en el municipio Florida, de la provincia de Camagüey, Cuba.
Este soldado aún imberbe, rozaba los 20. Al llegar a su hogar, donde lo esperaban su familia y los vecinos de todo el caserío que rodeaba su casa de campo, dieron gracias al cielo de que llegara vivo y por sus pies, y no como noticia de baja por muerte -como miles de cubanos – en esta guerra ajena que trajo tantos millones de dólares, diamantes, marfil, ébano, orgías, armamentos y poder a la cúpula militar y política de la dictadura cubana comandada por Fidel Castro Ruz.
Desde mediados de la década de los 70’s, al decir en Cuba que eras “internacionalista”, que venías de Angola, era semejante a estar al lado derecho de Dios.
Y fue hasta comprensible, tratándose de carne de cañón o esclavos modernos y sin otra alternativa que viajar hasta África para ver el sol por última vez o para regresar con la labor impuesta y cumplida, un par de jeans o “pitusa” como en la isla se le llamó siempre a los vaqueros o pantalones de mezclilla. Ah!, y un pulóver o camiseta con la estampa de Bruce Lee delante, en posición de ataque.
Los padres de Mabel y sus dos hermanos varones tenían como la niña de sus ojos a esta dulce y alegre hija y hermana pequeña. También tenían un festín preparado para este joven tan querido, el vecino más cercano. Considerado como un primo para los tres hermanos.
El padre y la madre de Mabel administraban la tienda de aquel poblado que suministraba la comida por la libreta de desabastecimiento comunista junto a las escazas ropas y zapatos que llegaban hasta allí.
Pero este bendecido por llegar con vida desde Angola se ausentó de la parranda y fue a buscar a Mabel al internado. Se presentó al director, y le contó que acababa de llegar de la guerra y que el padre de la chica estaba grave en el hospital, pero que no le dirían la verdad.
Enseguida trajeron hasta la dirección del colegio a Mabel, y abrazó feliz a Ernesto, su adorado vecino que no lo veía hacia dos años. Él le dijo que iban a su fiesta de bienvenida.
El director del internado no tuvo reparos en entregar a Mabel a la muerte. Pasó por alto la verificación a través del teléfono o mediante la responsabilidad.
Este soldado andaba en un carro que pidió prestado. Mabel vio que no se dirigían a su casa, y comenzó a preocuparse. El caserío se veía a lo lejos, pero más lejos estaba esta chica de sobrevivir.
Ella luchó con todas sus fuerzas para evitar la violación. Él logró desnudarla y la amarró al tronco de un árbol para terminar la imagen idílica que tuvo de esta bella joven en su mente y que lo ayudó a soportar los horrores bélicos en aquellas tierras extrañas.
Sus 14 años, la blancura de su piel, un cuerpo virgen y escultural, y su mirada de niña suplicaron todo el tiempo porque la dejara ir a casa, que no diría nada a su papá, que todo quedaría entre ellos.
Ernesto ni la escuchaba. La adolescencia de Mabel debía terminar por órdenes de aquel cerebro aturdido. Él se alejó junto a la vida de la chica. Ambos la dejaron sola sobre tierra, sangre, agua, y una tristeza que enlutó a un pueblo entero.
El alba trajo otro día común y corriente. La conciencia de Ernesto llegó junto al amanecer, y le contó a su hermano lo que había hecho.
La policía después de recibir esta información, llegó hasta el lugar donde parecía dormida aquella niña abandonada que transitó de la candidez a la muerte.
Todos los vecinos del caserío miraban desde lejos el gentío que acompañaba al carro patrullero. Se decían muchas cosas, que encontraron una mujer muerta, que era una jovencita… Los padres de Mabel entre la multitud también curioseaban sin preocupación porque la niña estaba a salvo en su escuela.
Era atípica aquella algarabía por allí, hasta que llegó corriendo un testigo sin resuello que solo pudo decir: Es Mabel.
La madre se desmayó. Y el padre y los hermanos juntos a los vecinos se acercaron hasta el lugar donde Mabel respiró por última vez. Los torturó el hecho de no percibir el peligro de su pequeña a metros de su hogar.
En el velorio no se sabía aún el nombre del criminal. La madre de este producto bélico lloraba a Mabel, hasta que entre los cotilleos del funeral escuchó que el asesino era el vecino que había llegado de Angola.
Se supo de la detención de este soldado que tuvo una última batalla y un terrorífico triunfo frente a la bondad, el cariño y la vida sin apenas vivir de Mabel. Nunca supimos la sentencia final.
Tenía 10 años cuando aquel crimen marcó a mi pueblo natal. Juré que sería escritora, y que el mundo conocería a Mabel.

@idaysicapote

Imagen tomada de Google

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