Superpoderes de una madre en Cuba

Por: Idaysi Capote

Una madre es el principio y lo que sigue de una vida. Ama como nadie. Sufre como nadie. No se finge nada delante de sus ojos para retener su amor. Sería en vano.

Las circunstancias de la vida convierten a una mujer en un ser con superpoderes para que sobrevivan sus hijos, y aún más si vive en Cuba.

Es un día común en un hogar cubano al despertar en pleno apagón desde las dos de la madrugada y los niños de la casa tienen que ir a la escuela. La familia está casi deshidratada de tanto sudar por el calor tropical y los ventiladores apagados, tan sólo de adornos.

Las zapatillas escolares de los hermanos gemelos de ocho años han pasado la noche colgando de la parilla que tiene detrás el refrigerador. A falta de sol, esta se convierte en la secadora después del aguacero de la tarde anterior. De esta parrilla posterior también cuelgan dos pares de medias- las únicas blancas que tienen como lo exige la escuela primaria comunista- y el ajustador de mamá para ir a trabajar. Nada está seco.

Toda esta húmeda historia surge porque al salir de la escuela caminaron hasta la casa bajo la lluvia. Ellos no tienen capas de nylon para cubrirse. Las venden en dólares. Y la sombrilla de mamá está rota después de que una ventolera de Cuaresma la cerrara al revés. Por suerte tienen gas de botellón. La madre calienta la plancha en una hornilla del fogón, una y otra vez. Con esta hirviendo trata de secar hasta los calcetines.

Tienen hambre. Deben desayunar. Preparan agua con tres cucharadas de azúcar prieta en cada vaso. No toman leche desde los siete. El número 7 en Cuba es el 666 para otras naciones. Están sentenciados por los Castro a no tomar leche jamás. El séptimo es un cumpleaños que nunca se quisiera celebrar en el archipiélago cubano.

Hablo de la mayoría de los hogares de Cuba que no tienen una posición socialista privilegiada, ni un negocito particular- casi siempre ilegal- ni tampoco tienen “FE” Familia en el Extranjero.

El pan que acompaña la repugnante bebida, es el trozo que mamá y papá no comieron ayer para que sus hijos desayunen hoy, para que no se desmayen en la escuela cuando tengan que correr en la clase de Educación Física. Ya lo han vivido.

La madre teme ponerse el brasier o sujetador que nunca se secó del todo. Su miedo no es infundado. Tuvo en la mama izquierda una dermatitis aguda que la provocó ponerse esta prenda íntima húmeda todos los días cuando tenía un único sujetador. Por el calor tropical, lo tenía que lavar a diario después de sudar en la guagua que la lleva y la trae del trabajo junto a otras 200 personas. Una asfixiante sauna andante. No queda más remedio. Sus hijos no quieren llegar tarde.

Todo lo han hecho en silencio para que el padre no despierte. Llegó a las 5am de su guardia en un hospital.
En este correcorre falta revisar el peinado de los gemelos. Tienen el cabello rebelde y largo. Ella trata siempre de que les hagan un corte bien bajito. Pero este mes no ha cobrado todavía. Cada pelado cuesta un dólar. Es como la quinta parte de su ridículo salario. Alisa y nada pasa. Se enjabona las manos a falta de gel. Con este invento logra peinarlos bien.

Las zapatillas terminaran de secarse en los pies de los niños. Mientras los tres caminan hacia la escuela, la madre los mira con la angustia que da que tus hijos no sean los príncipes con los que soñaste. Con el tesoro de comer bien, pasear, que tuvieran más juguetes de los que ella tuvo.

Ambos niños se sueltan de sus manos, quieren correr. Tienen ocho años. Con dolor en su alma debe frenar esta parte de la infancia, esta carrera matutina, el primer retozo del día… hay que cuidar que no se rompan los zapatos. No tienen otros.

Con la frustración de sentirse madre a medias se va a trabajar. Lleva el entrecejo hecho un nudo de preocupaciones y dos lágrimas que no corren, de las que salen del corazón.
Ya tiene la tarde en su mente. ¿Qué comeremos hoy? Sólo desea llegar a esta parte del día para alegrarse con las travesuras de sus hijos. Pero el momento feliz y familiar se opaca con las penurias que otra vez pasarán.

Regresa a su casa corriendo. No trabajará más para el Estado criminal cubano. Llega a su hogar y guarda el título de la Universidad de La Habana en una gaveta. Total, sólo le ha dado más miseria.

Decidió que a partir de hoy sus hijos vivirán como Dios manda. Aceptará ser la criada de una jinetera. Una prostituta retirada a la vida familiar, casada con un canadiense que tiene otra familia en el norte.

En Cuba una madre universitaria no puede comer títulos, y sus hijos tampoco. Es psicóloga en una clínica para cubanos. Se automedica psicofármacos y ni así deja de sufrir.
Hace una llamada a la “Señora” que la contrata. Trabajará 12 horas diarias por 20 dólares semanales. Descansará los martes. Imagina la sonrisa de sus hijos. Está feliz.

@idaysicapote

Caricatura de @FMPINILLA

2 comentarios en “Superpoderes de una madre en Cuba

  1. La verdad cotidiana de una familia en Cuba. Lo triste es haber llevado casi 60 años en esta Odisea. Dónde los pequeños “logros” de la Involución Cubana al mando de los hermanos dictadores Fidel y Raúl Castro no cumplieron con el mínimo de sus promesas. Hicieron a un país más pobre que en 100 años atrás y luego en base a la subversión soviética hicieron propaganda baratas al mundo de logros artificiales que se derrumbaron con la caída del comunismo en Rusia y Europa Oriental. Nos aislaron del mundo y nos esclavizaron. Este es el sufrimiento no solo de las Madres cubanas sino de un pueblo separados por tiranos en el poder al estilo de un Hitler que llevó una nación y a Europa a una catástrofe. Y lo más triste el cambio por segunda vez de una Constitución que esclaviza más al pueblo. Gracias Idaysi por narrar de una forma amena y exponer nuestra realidad a los que aún dudan de lo que es una Cuba comunista.

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